Suprimir las clases no sólo significa expulsar a los
terratenientes y a los capitalistas −esto lo hemos hecho nosotros
con relativa facilidad−, sino también acabar con los pequeños
productores de mercancías; pero a éstos no se les puede expulsar,
no se les puede aplastar; con ellos hay que convivir, y sólo se
puede (y se debe) transformarlos, reeducarlos, mediante una labor
de organización muy larga, lenta y prudente. Estos pequeños pro-
ductores cercan al proletariado por todas partes de elemento
pequeño-burgués, lo impregnan de este elemento, lo corrompen
con él, provocan constantemente en el seno del proletariado recaí-
das de pusilanimidad pequeño-burguesa, de atomización, de indi-
vidualismo, de oscilaciones entre la exaltación y el abatimiento.
Para hacer frente a eso, para permitir que el proletariado ejerza
acertada, eficaz y victoriosamente su función organizadora (que
es su función principal), son necesarias una centralización y una
disciplina severísimas en el partido político del proletariado. La
dictadura del proletariado es una lucha tenaz, cruenta e incruenta,
violenta y pacífica, militar y económica, pedagógica y adminis-
trativa contra las fuerzas y las tradiciones de la vieja sociedad.