Álvaro G. Molinero reviewed No está en los genes by Richard C. Lewontin (Biblioteca Drakontos de Bolsillo, #32)
Está en nuestras élites
5 stars
"Las ideas de la clase dominante son en cada época las ideas dominantes (...) La clase que tiene los medios de producción material a su disposición tiene al mismo tiempo el control de los medios de producción mental (...) Las ideas dominantes no son más que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes". [Marx y Engels, 1846 "The German Ideology"]. Cuando Richard C. Lewontin, Steven Rose y Leon J. Kamin comienzan así “No está en los genes” no están adornándose, sino que plantan la bandera en el centro mismo del campo de batalla ideológico. Porque este libro, publicado originalmente en 1984, no es una crítica amable a ciertos excesos de la biología, sino una disección política de cómo una forma concreta de hacer ciencia se ha convertido en el ariete ideológico de la Nueva derecha. Y, como en toda buena batalla, lo primero es identificar al enemigo y sus …
"Las ideas de la clase dominante son en cada época las ideas dominantes (...) La clase que tiene los medios de producción material a su disposición tiene al mismo tiempo el control de los medios de producción mental (...) Las ideas dominantes no son más que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes". [Marx y Engels, 1846 "The German Ideology"]. Cuando Richard C. Lewontin, Steven Rose y Leon J. Kamin comienzan así “No está en los genes” no están adornándose, sino que plantan la bandera en el centro mismo del campo de batalla ideológico. Porque este libro, publicado originalmente en 1984, no es una crítica amable a ciertos excesos de la biología, sino una disección política de cómo una forma concreta de hacer ciencia se ha convertido en el ariete ideológico de la Nueva derecha. Y, como en toda buena batalla, lo primero es identificar al enemigo y sus armas.
El enemigo, nos explican, no es la biología, sino el determinismo biológico: una vieja idea, vestida hoy con bata blanca, que afirmaba que nuestras desigualdades y nuestras estructuras sociales son consecuencias inevitables de nuestras propias habilidades innatas. Los autores rastrean el “pedigrí filosófico” de esta propuesta hasta Thomas Hobbes y su visión de la vida como una guerra de todos contra todos, una condición humana inherentemente competitiva que la organización social solo puede intentar regular, pero nunca transformar. Esta visión es profundamente reduccionista: cree que para entender un todo complejo (la sociedad), basta con sumar las partes (los individuos y sus performances vitales). Si la sociedad es agresiva, es porque los individuos son agresivos por naturaleza. Si unos tienen poder y otros no, es porque unos están biológicamente equipados para mandar y otros para obedecer. El determinismo biológico, en este sentido, es la coartada perfecta: convierte la injusticia en destino y la revolución en una insensata lucha contra la naturaleza.
Lo fascinante del libro es cómo demuestra que esta coartada no es un residuo del pasado, sino un artefacto perfectamente engrasado por la maquinaria de la producción científica moderna. Las universidades, nos recuerdan, no son torres de marfil, sino fábricas de ideología. De ellas salen los expertos que pueblan periódicos, debates televisivos, que educan a nuestra descendencia de una determinada forma en los colegios e institutos, que nos informan por la radio (y hoy en día se multiplican en redes sociales) legitimando como "ciencia" lo que a menudo no es más que un prejuicio de clase con estadísticas. Y es en este contexto donde el determinismo biológico muestra su utilidad política. En el Reino Unido de los años 1970 y 1980, la supuesta base genética del coeficiente intelectual se esgrimió para justificar el cierre de fronteras a la inmigración asiática y negra. ¿Para qué integrar a estos nuevos ciudadanos si la inteligencia es hereditaria y, por tanto, inmutable y han demostrado tener un CI incompatible con esta integración? Más tarde, la misma lógica se puede a las personas hiperactivas, a las personas con trastorno del espectro autista, a los preso… o a los Palestinos: su "mal comportamiento" no es fruto de un entorno social hostil, de una escuela que excluye o de un sistema que criminaliza la pobreza, sino una "disfunción cerebral" que debe ser corregida con pastillas, con represión o con la muerte. Se patologiza al individuo para no tener que cambiar la institución. Se medicaliza la desigualdad. Se abre la puerta al genocidio.
Pero es en el terreno del patriarcado donde el mecanismo se vuelve más grosero y, a la vez, más efectivo. La división sexual del trabajo, la subordinación femenina, el trabajo reproductivo no remunerado... todo ello se explica apelando a una naturaleza femenina esencial, a un determinismo hormonal o a una historia evolutiva que asignó a cada sexo un papel innegociable. Lewontin, Rose y Kamin desmontan este argumento que, en realidad, son muchos argumentos: ¿Se observa que los cuidados son realizados mayoritariamente por mujeres? Eso no puede ser por otra razón que la biológica porque las mujeres han sido evolutivamente preparadas para ello, afirmarían desde el biologicismo más execrable, siendo esta estructura de cuidados en realidad el resultado de nuestra organización social; también pueden acudir al esencialismo (esto siempre ha sido así) y, a posteriori, buscar una justificación evolutiva que refuerce esa desigualdad y la haga inevitable. La conclusión política es explícita: las feministas que luchan por la igualdad no solo se enfrentan a una estructura de poder, sino a la mismísima biología. Permitir que las mujeres ocupen puestos de liderazgo, se llegó a argumentar, desorganizaría las empresas con sus "olas de embarazos".
Estos son los argumentos bastos, destinados a la barra del bar científica. Sin embargo, la academia también diseña el argumentario para la la “maquinaria fina” que intentará insertarse en el coco de la intelligentsia occidental. Este bisturí ideológico que aspira a la "síntesis total", es la sociobiología, y su gran arquitecto es Edward O. Wilson. Es aquí donde el libro alcanza su punto más álgido de tensión. Los sociobiólogos no se limitan a decir que los genes influyen; afirman que la organización social humana, en sus aspectos más complejos (la guerra, la religión, la xenofobia, el altruismo), es una consecuencia directa de la acción genética, seleccionada durante nuestra evolución. El método, denuncian los autores, es una farsa en tres actos: primero, se hace una lista de los rasgos que el investigador, desde su posición de privilegio, considera "universales" (el egoísmo, la territorialidad). Segundo, se postula que esos rasgos están codificados en nuestros genes. Y tercero, se inventa una historia ad hoc sobre cómo esos genes fueron adaptativos para nuestros ancestros cazadores-recolectores. Es pura mitología disfrazada de ciencia. La sociobiología quiere explicarlo todo (la cocina, la guerra, el patriarcado) con un solo mecanismo: la selección natural actuando sobre genes del comportamiento. ¡Y comete errores de bulto! Confunde las metáforas con realidades, inventa categorías donde no las hay, y mezcla fenómenos inconmensurables (la riña de dos individuos con una guerra interestatal) bajo una misma rúbrica. La guerra, nos recuerdan, no es la suma de instintos agresivos individuales, sino un acto calculado políticamente por quienes detentan el poder, a menudo contra la voluntad de los individuos que van a luchar en ella.
Pero vayamos directamente a la fuente. Vayamos al proyecto de Edward O. Wilson: "Incluso en la más libre e igualitaria de las sociedades futura es probable que los hombres continúen desempeñando un papel desproporcionado en la vida política, en los negocios y en la ciencia". La frase, de una arrogancia pasmosa, no es una hipótesis de trabajo; es un veredicto. O aquella otra sobre "un código ético genéticamente preciso, y por lo tanto, completamente justo". Ahí reside el núcleo duro del proyecto sociobiológico: la construcción de una ética, de una deontología, de la cual debe partir la biología, desde la biología molecular y la genética, hasta la evolución. Si el patriarcado, la estratificación social o la xenofobia son rasgos innatos, fruto de nuestra eficacia evolutiva, cualquier intento de cambiarlos no solo es una quimera, sino una peligrosa desviación que nos hará perder nuestra esencia. Es la voz del amo que, desde su cátedra en Harvard, nos asegura que su posición en la cúspide no es fruto de la historia, la opresión o la suerte, sino de una necesidad biológica profunda [Hardvard, esa universidad infesta por el caso Epstein].
No está en los genes fue y es, en este sentido, un libro incomodo y necesario a partes iguales. Su prosa, a veces densa y lastrada por el lenguaje académico, no tiene la agilidad divulgativa quizá a la que nos hemos malacostumbrado en la época de la inmediatez. Pero su potencia radica en su tesis central: la ciencia no flota en un éter de pureza y neutralidad, sino que está incrustada en las relaciones de producción económicas de su tiempo. Los autores no se limitan a pedir más rigor científico; nos invitan a una comprensión dialéctica, donde las partes y el todo se determinan mutuamente, donde el ser humano es a la vez producto y productor de su sociedad. Y lo hacen con una honestidad política que hoy, en un panorama científico a menudo despolitizado o naíf, resulta casi subversiva: las desigualdades de riqueza, poder y estatus no son naturales, sino obstáculos sociales. Y, como obstáculos sociales, pueden y deben ser derribados. La pregunta que sobrevuela sus páginas es, para mi, el inicio de una revolución intelectual: ¿cuánta de la ciencia que hoy consumimos como verdad incuestionable no es más que una coartada ideológica para un statu quo que se beneficia de nuestra sumisión?