Huele bastante raro esta obra de divulgación científica. Pero si la temática te atrae, ¡Adelante!
3 stars
Esta obra nos habla de tres orígenes: el origen del universo, el origen de la vida y el origen del ser humano. Una primera reflexión: incluir al ser humano en una reducida lista de tres orígenes es un acto de, como mínimo, antropocentrismo, cuando no de pura egolatría de especie o de teleológica cercana al diseño inteligente. El origen de la célula, el origen de la célula eucariota, de la pluricelularidad, de los programas de desarrollo embrionario, de la sexualidad, etc. Hay muchos orígenes más importantes que nuestra aparición como especie, pero seguimos pensando que el lenguaje y la tecnología nos hace especiales. Así que, para empezar, la obra nace sesgada en su concepción.
Alberto Fernández Soto nos habla del origen del universo y de cómo aparecieron las 4 grandes fuerzas que lo dominan y que permitieron el surgimiento de los elementos de la tabla periódica. Desde un punto de …
Esta obra nos habla de tres orígenes: el origen del universo, el origen de la vida y el origen del ser humano. Una primera reflexión: incluir al ser humano en una reducida lista de tres orígenes es un acto de, como mínimo, antropocentrismo, cuando no de pura egolatría de especie o de teleológica cercana al diseño inteligente. El origen de la célula, el origen de la célula eucariota, de la pluricelularidad, de los programas de desarrollo embrionario, de la sexualidad, etc. Hay muchos orígenes más importantes que nuestra aparición como especie, pero seguimos pensando que el lenguaje y la tecnología nos hace especiales. Así que, para empezar, la obra nace sesgada en su concepción.
Alberto Fernández Soto nos habla del origen del universo y de cómo aparecieron las 4 grandes fuerzas que lo dominan y que permitieron el surgimiento de los elementos de la tabla periódica. Desde un punto de vista divulgativo, es un texto que se lee bien y que da una mapa aceptable para manejarse en la física de lo química. ¿Cómo surgieron los elementos de la tabla periódica? Aquí Fernández Soto desarrolla la base de la estructura de los átomos: ¿cómo pasamos de la física cuántica, de las partículas más elementales (quarks, leptones y gluones) hasta la materia? y ¿qué nos enseñan estos procesos de síntesis elemental que se producen en nuestras estrellas? Además, repasará los principales hitos científicos en el descubrimiento de la “historia natural” de nuestro universo: tipos de estrellas, galaxias, proceso expansivo del universo, etc. Se analizará la validez del modelo de la inflación cósmica y los “nuevos elementos” que son necesarios para explicar este proceso: materia oscura, energía oscura y oscilaciones bariónicas. Pero, ¿y si todo volviera al origen?
Por su parte Carlos Briones habla del origen de la vida y, en concreto, de la hipótesis que considera como más plausible, el mundo de RNA. Junto con Juli Peretó (investigador de la Universitat de València y amigo personal del autor), son los dos grandes defensores de esta hipótesis en España. Pese a que es plausible y que muchos de los mecanismos de auto-ensamblaje que se describen, y que son propios del RNA (y que muchos de ellos estarán muy probablemente implicados en la aparición de la vida compleja sobre el planeta Tierra), el lector debería saber que ésta hipótesis no es, ni mucho menos la única (ni la considerada la más probable) como candidata a explicar el origen de la vida. Este sería un breve resumen de las diferentes hipótesis: I) hipótesis basadas en la abiogénesis o en la capacidad de la vida de surgir de la materia inorgánica. Aquí hay diversas subhipótesis. La más conocida es la del “caldo primordial” y cuyos mayores exponentes hitóricos serían Alexander I. Oparin y sus “coloides” o el experimento Miller-Urey con la generación de moléculas orgánicas a partir de moléculas inorgánicas y energía (que remató el catalán Joan Oró con la síntesis no solo de aminoácidos, como consiguieron Miller y Urey, sino de las bases nitrogenadas, necesarias para la síntesis del RNA y del DNA). Otra subhipótesis se centraría en la catálisis de esta síntesis de moléculas orgánicas gracias a los componentes que se sedimentan en las fuentes hidrotermales marinas y gracias a la temperatura que poseen. Por ejemplo, Nick Lane en su “La cuestión cital” hace una defensa cerrada de esta hipótesis. II) la hipótesis mundo de RNA (defendida por Briones): el RNA es autoreplicativo y es evolutivamente el precursor den DNA. En teoría, y en un ambiente estable, una molécula de RNA podría contener una secuencia que gracias a sus propiedades tridimensionales (el RNA es una molécula que puede plegarse sobre sí misma en diferentes morfologías) puede catalizar su propia replicación y crear una copia complementaria. Si una determinada molécula de RNA es capaz, además, de asociarse con otras moléculas de RNA que sean capaces de catalizar la formación de proteínas (cosa que ocurre en la realidad biológica actual), podríamos tener el “embrión bioquímico” de un metabolismo y de un sistema de información genética básico. Esta hipótesis se asocia, además, a subhipótesis sobre la autoreplicabilidad, también, de las membranas plasmáticas que envolverína a estos RNA replicantes primigenios. Esto nos daría el ambiente estable necesario y un mundo, teórico (y pasado) donde el RNA sería el dueño y señor de toda la información biológica. III) panspermia. Basándose en el hecho de que muchos meteóritos contienen moléculas orgánicas básicas para la vida, hay autores que, o bien proponen que sin el aporte de moléculas orgánicas mediante la caída masiva y constante en el pasado de meteoritos, el origen de la vida no habría sido posible (ya fuere por la vía del RNA o por la vía del caldo primordial), o bien directamente que el origen de la vida ha ocurrido muchas veces en la inmensidad del universo y que los meteoritos sería algo así como cápsulas de vida que van sembrando los planetas con organismos. Es muy probable que las tres hipótesis, cada una en un rango de importancia, hayan operado en el origen de la vida.
La última parte del libro, escrita por José María Bermúdez de Castro, nos habla de la evolución humana (para replicar el modelo de la escalera del ser donde el ser humano es el último y más acabado producto de la evolución: por eso lo tratamos al final, y no al principio). Hace un repaso a los principales hallazgos paleontológicos y nos realiza un trazo geográfico de las diferentes especies del género Australopithecus y Homo. Conforme nos acercamos al género Homo, las tesis de Bermúdez de Castro se van volviendo menos científicas y más opinativas: ¿el incremento del tamaño del cerebro se debió al acceso abundante al marisco (rico en DHA) durante la aparición del género Homo en el cuerno de África?, ¿realmente el lenguaje nos hace tan especiales?, ¿Qué narices tendrá que ver un determinado gen con la socialización? A muchas figuras científicas de cierto renombre les suele pasar esto: tienden a opinar de todo sin darse cuenta que, quizá, en ese determinado ámbito su opinión (más o menos informada) está muy lejos del consenso de la mejor ciencia disponible en un determinado momento. Por ejemplo, la necesidad de relacionar el incremento del tamaño cerebral con una “superioridad” humana sobre otros animales, le hace relacionar un par de genes implicados en la proliferación y maduración de celulas precursoras de células nerviosas (y los tipos génicos relacionados supuestamente con una mayor proliferación y, por tanto —salto lógico— con un mayor tamaño cerebral) con lo que “estaría sin duda relacionadas con el surgimiento de avances culturales de gran calado, como la domesticación de los animales y la agricultura”. Ambos procesos de domesticación de organismos ocurrieron, en su mayoría, hace unos 15.000- 10.000 años (con quizá la excepción del perro). El aumento del tamaño cerebral ocurrió en el género Homo hace, al menos, 430.000 años con la aparición del Homo neandethalensis o, incluso más, si aceptamos al Homo heidelbergensis. El Homo Sapiens, con meno capacidad craneana que H. neandethalensis surgió hace no menso de 150.000 y solamente domesticó organismos durante el óptimo climático del holoceno (estos 15.000-10.000 años). Igual no es una cuestión de capacidad craneana...